martes, 11 de septiembre de 2012

No existe el cielo, ni el infierno, solo YO

A los diecisiete años, Carlos era una persona común y silvestre de una familia muy católica. Él estaba terminando el cole y tenía esperanzas de entrar a la Universidad a estudiar una carrera. Era un muchacho delgado y un poco tímido, nunca había besado a una mujer y estaba muy lejos de haber probado una cerveza o el sexo. Carlos logró entrar a la Universidad y esperaba con ansias el primer día de clases. Era un mundo completamente nuevo para él. Gente con apariencia extraña: metaleros, hippies, fresas, y política de izquierda fue lo que se encontró en los pasillos de la universidad. Todo esto le cambió la vida. A los dieciocho años, él probo su primera cerveza en un bar mal oliente, el cual se ubicada por la Universidad. Por primera vez sus labios tocaron el pecaminoso sabor de una cerveza. Asimismo, una muchacha alta y rubia estaba interesada en él, no obstante, él nunca se le había declarado a una mujer y aunque le parecía muy atractiva solo pudo besarla una vez. El cabello largo no lo dejaba socializar con mujeres bonitas según los parámetros de belleza que tenía ella. A los diecinueve años, ya no era tan flaco y parecía tener éxito con las mujeres. Carlos había tirado sus prejuicios religiosos por el retrete y había decidido crear su propia religión: un cuerpo de mujer, y alcohol. Carlos pasaba la mayoría del tiempo en bares, salía con sus amigos y se embriaga hasta vomitar el alma. A los veintiún años, Carlos estaba más grueso y sus salidas no eran tan frecuentes; no obstante, sus flirteos eran más constantes que nunca. En este punto de su vida, Carlos se dio cuenta que el mundo estaba en sus manos, podía tener acceso a cualquier mujer porque se había vuelto una persona más extrovertida y segura de si mismo. Sin embargo, sus amigos y familiares le decían: “Carlos has subido de peso, y has perdido libertad”. Carlos se preguntaba que querían decir cuando le decían que había perdido libertad hasta que una vez su tío Ramiro le regaló una Biblia para su cumpleaños. Todo tenía sentido para él excepto la religión. Los únicos templos que Carlos visitaba eran los poros de una mujer. Su peso aumentaba, su experiencia también y su deseo por conocer a un señor barbudo de Jerusalén era casi nulo. A los veintidós años, Carlos era más gordo, su familia lo molestaba y sus amigos no le decían nada pero se reían de él por detrás. El hecho de que Carlos haya subido tanto de peso significaba un asunto de suma importancia para todos los demás. Sin embargo, Carlos seguía con su religión. Adoraba los hermosos pechos de una mujer mientras su globo de la fe cristiana se iba desinflando poco a poco. A los veintitrés años, Carlos seguía su vida “normal”. Un día lluvioso iba ir donde una de sus novias en una de esas visitas que él acostumbraba a hacer. Ese día, Carlos llegó y le rezó a su única diosa, la besó, la acarició, y le dijo después de haber realizado la máxima reverencia a un templo de piel dijo: “si muriera hoy, moriría en paz, porque lo que he vivido hasta ahora, no lo cambió ni por una Biblia, no existe el cielo ni el infierno, solo existo yo, nadie va vivir por mí, ¿por qué tengo que vivir por alguien?” Su novia le tomó la mano lo besó y se durmió. Tiempo más tarde, Carlos se fue y en el camino fue atropellado por un carro y murió. Muchos de sus amigos dicen que murió porque estaba un poco obeso, otros dicen que porque no leyó nunca la Biblia, otros dicen que probablemente murió en pecado. No obstante, digan lo que digan, Carlos murió adorando lo que él creía era lo más importante en su vida, un templo de piel.

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