martes, 11 de septiembre de 2012

La composición Perfecta

Roberto era un pianista inminente en su pueblo. Él era un señor alto, de nariz respingada, andaba siempre ropa sucia y tenía el cabello largo y colocho. Había estudiado música en muchos países y se había convertido en una eminencia musical a nivel mundial. Él era un músico carismático y todo un personaje. Tenía una capacidad auditiva increíble y creaba tonadas que solo Dios podía llegar a entender y sus adeptos solo llegar a admirar. Era un músico peculiar, se caracterizaba por ser muy exigente. Cabe decir que Roberto nunca tocaba una canción más de dos veces. La primera era la vez que la componía y la segunda era en el concierto. Sus conciertos era un éxito, pero se daban dos veces al mes nada más debido a que Roberto era muy perfeccionista. Sus seguidores no podían comprar sus discos porque a él no le gustaba que sus canciones fueran interpretadas dos veces. En sus conciertos no dejaban tomar fotos y no permitían celulares para evitar que alguien grabara las canciones. Todo esto era a petición de Roberto. Era un día de verano y Roberto se preparaba para su presentación de la noche. Todo lo que Roberto hacia antes de un concierto era un ritual preciso y era su costumbre desde el primer concierto que había dado. Lo primero que hacía era sus posiciones de yoga. Posteriormente, se tomaba un te y prendía un incienso para poder calmarse. Posteriormente, tomaba una siesta, se despertaba y se bañaba dos veces, porque según Roberto, la primera se quitaba la suciedad y en la segunda se limpiaba el alma. Sin embargo, ese día Roberto se sentía un poco mareado. No había sido su mejor preparación previa a un concierto. Había algo que le molestaba pero no sabía que. Por otra parte, el anfiteatro estaba repleto y la gente impaciente esperaba que el compositor e intérprete saliera y los deleitara con sus melodías. Roberto salió, hizo tronar sus dedos pero algo estaba mal. Estaba sudando como nunca y se sentía nervioso. Algo inusual en todos los conciertos que Roberto había dado. Empezó las tonadas de la primera canción, y como de costumbre tomó la partitura y la arrugo. Una canción más que se agregaba a su itinerario de canciones que nunca va volver a tocar. Cuando toco la segunda pieza, se empezó a sentir muy mareado. Terminó y volvió a desechar la partitura de la canción. Roberto tuvo que pedir un receso, salió a tomar aire entro a su camerino y saco una caja y la guardo en su saco. Era una caja pequeña y dorada. Luego entro al escenario, la gente estaba consternada. Esto no era algo común de Roberto, sus seguidores más fieles lo habían visto en miles de conciertos y nunca le había pasado algo así. Roberto pidió disculpas y tomó asiento, puso la partitura en el pedestal y empezó la tercera tonada. Era una tonada muy feliz y contrastaba fuertemente con la cara de Roberto. Él sabía que algo estaba mal en su composición y así como avanzaba la pieza más disconforme se sentía. Esta no parecía una composición de Roberto, tenía errores, ¿de dónde vienen estos errores? ¿Ya no soy perfecto? ¿y ahora qué hago? Terminó la canción, los aplausos se veían venir, cuando Roberto, con su mano temblorosa, saco la caja de la bolsa de su saco, la abrió y era una pequeña pistola, un poco imperfecta para el gusto de Roberto, la puso en su cabeza y jalo el gatillo. La gente estaba aterrorizada, a ellos les había encantado la tercera composición de Roberto, sin embargo, la cabeza de Roberto ya yacía sobre la partitura y la sangre manchaba poco a poco la misma.

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